Juan "Pollo" Raffo
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El pensador de Flores Manuel Mandeb sostenía que la música no le gusta a casi nadie. Conforme a su criterio, lo que verdaderamente atrae a las multitudes son las circunstancias anexas a ella: la poesía, la danza, la teatralidad; pero también el aspecto de los cantantes, sus romances, sus trajes, las doctrinas que parecen auspiciar, el público que asiste a los recitales, el diseño de las tapas de los discos, las luces de colores, etcétera. Una somera inspección de la vida musical argentina no nos deja tan lejos de la idea de Mandeb: la música no se vende sola. Siempre existe una guarnición, un agregado, una extorsión que garantiza el entusiasmo que no necesita oídos.

Con idéntico pesimismo, Eduard Hanslick sostuvo en el siglo XIX que la música carecía de toda alusión, que no representaba nada, que no aspiraba a recordarnos un lago, un dragón o una mariposa, sino que se trataba de una estructura combinatoria cuya lógica producía emociones. Fue un duro golpe para quienes creían en la música programática, aquella en la que cada escala, cada acorde, representaba alguna entidad o algún hecho del mundo real. Cuando alguien no alcanzaba a conmoverse con el discurso estrictamente musical se le explicaba que los timbales eran cañones, que los contrabajos señalaban el avance de las tropas napoleónicas, que los bronces saludaban la victoria de borodino, y el incompetente, satisfecho con esta elucidación, se quedaba con la idea de que la música era una especie de adivinanza sonora.

Este disco se abstiene de todo chantaje. Sus virtudes son estrictamente musicales. El fervor y la poesía figuran aquí como cualidades que ayudan al artista a realizar su música pero en ningún caso la sustituyen.

El Pollo Raffo maneja con indudable solvencia los elementos del jazz y de la música contemporánea pero ha conseguido, sin renunciar a ninguna de sus maestrías, sumarse a la tradición musical argentina. Ser un compositor argentino no es cosa que se acredite con la libreta de enrolamiento. Es necesario reconocer padres y abuelos, tanto sea para aceptar su legado como para modificarlo o aún rechazarlo. Desde esta superflua columna adjunta, me apresuro a adivinar que este disco correrá mejor suerte entre los que quieren oír, que en la sorda cadena de consumo de la industria.

Alejandro Dolina, julio de 2006